Taza de infusión de ajenjo con hojas secas, tetera de cristal, miel y limón sobre una superficie de madera en un entorno natural. Taza de infusión de ajenjo con hojas secas, tetera de cristal, miel y limón sobre una superficie de madera en un entorno natural.

Té de ajenjo: beneficios, propiedades y cómo prepararlo correctamente

Te voy a contar lo que le pasó a Manolo, mi vecino del quinto. Porque su historia merece contarse, aunque él se ponga colorado cada vez que la recuerda.

Manolo es de esos hombres que nunca se quejan. Sesenta y tantos años, jubilado, pasa las mañanas en el huerto que tiene en las afueras. Siempre ha sido de salud de hierro. Pero un día empezó a notar algo raro.

Hinchazón después de comer, un cansancio que no se quitaba ni con la siesta, y por las noches, según me confesó en confianza, unos picores en el trasero que le volvían loco. «Mira que te lo cuento», me dijo, «pero es que no puedo más».

Fue al médico. Le hicieron análisis de heces. Cuando volvió a por los resultados, el médico fue directo: «Manolo, tiene lombrices». Él se quedó de piedra. «¿Yo? ¿Lombrices? ¿Pero si yo me ducho todos los días?». El médico le explicó que no va de higiene, que a veces se cogen en el huerto, por la tierra, por no lavar bien las verduras, por cualquier cosa.

Le recetaron unas pastillas, las tomó, y a los pocos días los síntomas desaparecieron. Pero Manolo, que es de los que no se fían del todo de los medicamentos, empezó a preguntar si había algo natural para prevenir que le volviera a pasar.

El consejo de la herboristería

Un día entró en la herboristería del barrio, una tienda pequeña que regenta una mujer mayor que sabe de plantas más que ningún médico. Le contó su historia, ella asintió sin inmutarse, y le dijo: «Prueba con ajenjo. Es lo mejor que hay para los bichos del intestino«.

Manolo se quedó mirando la planta seca que le enseñó. Hojas plateadas, un olor fuerte, un nombre que sonaba a cosa seria. «¿Ajenjo? ¿Eso no es lo que bebían los artistas del siglo pasado?», preguntó. «El mismo», dijo ella. «Pero no te preocupes, que no vas a ver dragones de colores con una infusión».

Le explicó cómo prepararlo: una cucharadita de hojas secas por taza, agua hirviendo, quince minutos de infusión, una taza antes de cada comida, durante siete días seguidos. Y le advirtió: «Es muy amargo. Prepárate».

La primera taza

Manolo llegó a casa con su bolsita de hojas secas. Preparó la infusión como le habían dicho. El olor ya le pareció intenso, casi medicinal. Cuando la probó, hizo una mueca que él mismo describió como «de las que se te arruga hasta la lengua». Era amargo, sí. Pero Manolo es terco, y se lo tomó.

Los primeros días notó ruidos en la tripa. Como si algo se estuviera moviendo. Nada doloroso, solo raro. También fue al baño más veces de lo normal. Nada escandaloso, pero más.

A partir del cuarto día, la hinchazón empezó a bajar. El cansancio remitió. Y los picores nocturnos, esos que tanto le mortificaban, desaparecieron por completo.

Completó los siete días. Al final, se sentía más ligero, con más energía, y su digestión iba como un reloj.

Lo que aprendió Manolo

Ahora, cada primavera, Manolo repite el tratamiento. Siete días de infusión de ajenjo, como limpieza preventiva. Y dice que desde entonces no ha vuelto a tener problemas.

Pero también aprendió otras cosas. La mujer de la herboristería le había insistido mucho en la higiene: lavar bien las verduras del huerto, usar guantes cuando toca la tierra, lavarse las manos siempre antes de comer. Manolo, que antes era un poco descuidado con esas cosas, ahora no falla.

Y algo importante: Manolo no dejó de lado a la medicina. Él tomó las pastillas que le recetó el médico. El ajenjo lo usó después, como prevención. Pero sabe que si los síntomas volvieran, lo primero sería ir al médico, no a la herboristería.

Si algo confirma la historia de Manolo es que, aunque los remedios naturales puedan acompañar, el abordaje médico sigue siendo fundamental cuando hablamos de parásitos intestinales. De hecho, organismos como la Organización Mundial de la Salud insisten en que el tratamiento principal para este tipo de infecciones son fármacos antiparasitarios seguros y eficaces, además de medidas básicas como la higiene y el lavado adecuado de alimentos . Puedes profundizar en esta información en la guía oficial de la OMS sobre infecciones por helmintos Infecciones por helmintos transmitidos por el suelo (OMS), donde se explica claramente por qué la desparasitación médica es clave y cómo la prevención pasa, en gran parte, por hábitos cotidianos como los que Manolo terminó adoptando.

Las precauciones que le advirtieron

Porque la mujer de la herboristería también fue clara con los riesgos. El ajenjo tiene un compuesto que se llama tujona, y en dosis altas o durante mucho tiempo puede ser tóxico. Por eso solo se toma una semana, no más.

Y no es para todo el mundo. Le dijo que las mujeres embarazadas o en lactancia no deben ni olerlo. Tampoco personas con problemas de hígado o riñones, o que tomen ciertos medicamentos. Manolo, que está sano, no tenía problema. Pero si no, tendría que haber consultado antes.

Lo que dice Manolo ahora

Cada vez que alguien en el barrio se queja de hinchazón o de digestiones raras, Manolo suelta su consejo: «Prueba el ajenjo. Pero ve al médico primero, que no sea otra cosa». La gente le mira raro, pero él se encoge de hombros.

Una vez le pregunté si no le da vergüenza contar lo de las lombrices. Me miró y dijo: «¿Vergüenza? Prefiero pasar un poco de vergüenza a que alguien pase por lo mismo que pasé yo. Los parásitos no entienden de vergüenza, entienden de carne. Y si no los tratas, te la comen».

Lo que yo pienso después de oír su historia

No soy médico ni entiendo de plantas. Pero viendo a Manolo, tan tranquilo con su ajenjo cada primavera, uno se pregunta si la sabiduría popular no tendrá algo de razón. No para curar cosas graves, no para sustituir a la medicina, sino para pequeños problemas, para prevenciones, para mantener el cuerpo en equilibrio.

El ajenjo es amargo, sí. Pero a veces lo amargo también es necesario. Como aquella conversación incómoda con el médico, como el análisis de heces que a nadie le apetece hacerse. Cosas que no son agradables, pero que te evitan problemas mayores.

Si alguna vez notas algo raro, si te hinchas sin motivo, si estás cansado sin razón, si esos picores nocturnos te quitan el sueño, haz como Manolo: ve al médico. Y luego, si quieres, prueba el ajenjo. Pero con cabeza, con respeto, y sin creer que una planta puede más que la ciencia.

A veces lo natural ayuda. Pero lo que realmente salva es saber cuándo usar una cosa y cuándo la otra. Manolo lo aprendió. Y por eso, cada primavera, se toma su infusión amarga y sonríe. Porque sabe que está haciendo algo por sí mismo, y que ese pequeño esfuerzo le ahorra grandes disgustos.

Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *