Hay preguntas que parecen sencillas hasta que intentas responderlas. ¿Qué es la conciencia? ¿Por qué no solo procesamos información, sino que además sentimos? ¿Por qué esa sopa de electricidad y química que tenemos entre las orejas se convierte en el rojo de una puesta de sol, en el sabor de un café recién hecho, en la imagen de tu abuela cuando eras pequeño o en la sensación rarísima de ser tú y no otro?
La ciencia ha avanzado mogollón en entender el cerebro. Sabemos qué zonas se encienden cuando ves, cuando oyes, cuando recuerdas, cuando te duele algo o cuando decides qué vas a cenar. Pero hay una pregunta que sigue sin respuesta clara: ¿Cómo coño pasamos de las neuronas disparando a tener una experiencia subjetiva?
Eso fue justo lo que ocupó buena parte de la vida de Jacobo Grinberg-Zylberbaum, un psicólogo y neurofisiólogo mexicano que dedicó años a intentar entender la conciencia.
El problema de mirar dentro del cerebro
Llevamos décadas pudiendo relacionar experiencias concretas con regiones concretas del cerebro. Sabemos que la corteza visual se activa cuando ves algo, que el hipocampo participa en la memoria, que la amígdala está metida en las emociones. Y está bien, es mucho. Pero hay una diferencia enorme entre describir lo que hace el cerebro y explicar por qué hacer eso va acompañado de algo que se siente.
Podemos imaginar un cerebro como un montón de neuronas, miles de millones, intercambiando señales. Podemos medir esas señales, estudiarlas, hacer modelos cada vez más complicados.
Pero ninguna de esas descripciones parece contener, ni de lejos, algo que se parezca a la sensación de mirar una flor roja. Ahí está el misterio. Y no es pequeño.
¿Por qué existe un «alguien» dentro?
¿Por qué no podríamos ser simplemente máquinas de procesar información increíblemente complejas pero sin experimentar absolutamente nada? Esa es una de las preguntas más gordas de la filosofía de la mente. Lo llaman el «problema difícil de la conciencia»: explicar cómo y por qué procesos físicos van acompañados de experiencia subjetiva.
Y Grinberg decidió meterse de lleno en esa frontera.
La pregunta que lo empezó todo
Grinberg no quería quedarse en describir qué zonas del cerebro se activaban. Quería entender cómo la actividad cerebral se transforma en experiencia. Cómo de una actividad eléctrica y química surge el mundo que sentimos.
Cuando ves una montaña, por ejemplo, la luz llega a tus ojos, se convierte en señales nerviosas, y esas señales son procesadas por diferentes partes de tu cerebro. Pero el resultado final no se parece en nada a una lista de impulsos eléctricos. Ves una montaña. Tienes una experiencia integrada, completa, que parece estar ahí fuera, delante de ti.
Para Grinberg, esa transformación era exactamente el misterio que había que explicar.
No somos cámaras de fotos
Una de las ideas que más me llaman la atención de Grinberg es que cuestiona nuestra intuición más básica: la de que nuestros sentidos capturan el mundo tal cual es y luego el cerebro lo representa. Desde su punto de vista, la realidad que experimentamos es el resultado de una interacción mucho más compleja.
Su teoría, la Teoría Sintérgica, propone que el cerebro genera algo que llamó «campo neuronal«, y que ese campo interactúa con una estructura fundamental del espacio a la que llamó «lattice». De esa interacción surgirían las diferentes formas de experiencia.
Dicho de forma más sencilla: no percibimos el mundo de forma pasiva. Nuestro cerebro participa activamente en construir la realidad que experimentamos.
Y esto cambia completamente la pregunta. No es solo «¿cómo representa el cerebro el mundo?», sino «¿cómo construye el cerebro la experiencia que llamamos mundo?». No es lo mismo.
La «lattice» y el campo neuronal
Dos conceptos que aparecen constantemente cuando hablas de Grinberg son la lattice y el campo neuronal.
La lattice sería, en su modelo, una estructura fundamental del espacio. Algo así como el andamiaje básico de la realidad. El campo neuronal sería la actividad integrada de millones de neuronas que interactúan entre sí. La experiencia surgiría de la interacción entre ambos.
La idea es difícil de imaginar porque Grinberg estaba intentando describir algo que está por debajo de nuestra experiencia cotidiana. Es como si nuestra percepción fuera una interfaz, y lo que llamamos realidad fuera el resultado de decodificar algo más profundo.
¿La conciencia está dentro del cerebro?
Aquí la cosa se pone más interesante. Y también más polémica.
Una posibilidad es pensar que el cerebro produce la conciencia, igual que el corazón produce el latido o el páncreas produce insulina. Es la visión más extendida en la neurociencia actual.
Pero Grinberg planteaba otra posibilidad. En su teoría, la conciencia no sería simplemente un producto del cerebro. Estaría relacionada con una estructura más fundamental de la realidad. El cerebro actuaría como un sistema que interactúa con esa estructura y genera diferentes niveles de experiencia.
Esto cambia completamente el problema. Si la conciencia es solo un producto del cerebro, hay que explicar cómo la actividad neuronal crea una experiencia subjetiva. Si la conciencia es algo más fundamental, el cerebro estaría haciendo otra cosa: organizar, modular o decodificar esa conciencia en una experiencia individual.
Es una idea muy sugerente. Pero también hay que ser claros: es una hipótesis, no algo demostrado. Un trabajo publicado en 2025 en Cinta de Moebio analiza precisamente la Teoría Sintérgica desde criterios científicos y señala que sigue siendo una propuesta heterodoxa, con sus limitaciones.
Eso no le quita interés. Al contrario, hace más valiosa la figura de Grinberg: no hace falta aceptar todas sus ideas para reconocer que las preguntas que intentó responder son profundas y siguen abiertas.
El cerebro como un músico
Una metáfora que se me ocurre para entender su planteamiento: imagina que millones de músicos tocan al mismo tiempo. Cada uno hace su sonido. Pero cuando todos interactúan de una determinada manera, aparece algo nuevo: la música. No está en un instrumento concreto, sino en la relación entre todos.
Grinberg pensaba el cerebro de forma parecida. La conciencia no estaría en una neurona concreta, sino en la organización dinámica del sistema completo.
La realidad que construimos
Supón que miras una manzana. Estás convencido de que estás viendo «la manzana tal como es». Pero lo que ocurre es mucho más complejo: la luz rebota en la manzana, llega a tus ojos, se convierte en señales, viaja por tu cerebro, y tu cerebro construye una experiencia. Lo que ves no es la manzana en sí, sino la interpretación que tu cerebro hace de ella.
Esto no significa que el mundo sea una ilusión. Significa que la realidad que experimentamos está filtrada, modelada y construida por nuestro sistema nervioso. Un perro, un murciélago y un humano pueden estar en el mismo sitio y tener experiencias completamente diferentes del mismo lugar. El mundo físico es el mismo. La experiencia del mundo, no.
Para Grinberg, esa construcción de la realidad era fundamental. De hecho, entre sus primeros libros están La Construcción de la Realidad, La Experiencia Interna y El Cerebro Consciente.
¿Y si la conciencia no es lo que creemos?
Al final, la propuesta de Grinberg invita a darle la vuelta a nuestra forma de pensar.
Normalmente pensamos en algo así: universo → cerebro → conciencia. El universo existe, el cerebro lo percibe y produce la experiencia.
Grinberg exploró otra posibilidad: realidad fundamental ↔ campo neuronal ↔ experiencia consciente. En este modelo, el cerebro no sería un receptor pasivo, sino un participante activo en la construcción de lo que experimentamos.
No quiere decir que la ciencia haya demostrado que podemos crear la realidad con nuestros pensamientos. La Teoría Sintérgica es eso: una teoría. Pero lo fascinante es que la pregunta sigue siendo válida aunque no aceptes la respuesta que propone.
El misterio sigue abierto
La neurociencia actual tiene herramientas que Grinberg no llegó a ver: resonancias magnéticas funcionales, registros de neuronas individuales, modelos computacionales. Pero saber qué partes del cerebro se activan cuando alguien tiene una experiencia no es lo mismo que haber explicado por qué existe la experiencia.
Podemos entender mejor que nunca los mecanismos. Pero la pregunta filosófica sigue ahí: ¿por qué existe un «alguien» que siente esos mecanismos?
Quizá por eso las preguntas de Grinberg siguen siendo tan atractivas. Porque su objetivo no era solo saber qué parte del cerebro se enciende. Quería entender cómo aparece el mundo interior a partir de la actividad cerebral. Quería saber cómo un montón de procesos físicos que parecen silenciosos se convierten en algo tan extraordinario como la experiencia de estar vivo.
Y al final, quizá el mayor enigma del universo no sea lo que hay ahí fuera. Sino cómo es posible que haya alguien dentro de nosotros capaz de preguntarse qué es el universo.



