Eran las diez y cuarto de la noche. Lo recuerdo porque justo había mirado el móvil para ver si me había llegado un mensaje del trabajo. No había mensaje. Pablo se levantó del sofá para ir a la cocina a por más hielo, y a medio camino se paró. Se llevó las manos al pecho.
Al principio pensé que era una broma. Llevábamos toda la noche riéndonos, contando batallitas de cuando éramos jóvenes y hacíamos tonterías. Pero no se reía. Tenía la cara desencajada, blanca como la pared de su salón.
—No puedo respirar —dijo.
Y entonces vi el sudor. Un sudor raro, frío, que le corría por la frente como si acabara de correr una maratón. Se apoyó en la pared y se fue deslizando hacia abajo, hasta quedar sentado en el suelo.
Mi mujer llamó al 112. Yo me quedé paralizado, mirando a Pablo, sin saber qué hacer. Tenía los ojos abiertos, pero me miraba sin verme. Como si estuviera muy lejos.
Lo peor fue el silencio. En los pocos segundos que pasaron, no se oía nada. Ni la tele, ni la música, ni las risas. Solo su respiración, que sonaba como si alguien estuviera ahogándose. Y entonces llegó el vecino.
El vecino del quinto
No sé cómo se enteró. Supongo que oyó los nervios, las carreras. El caso es que de repente estaba ahí, en la puerta de la cocina. Se llama Antonio, trabaja en una residencia de ancianos, no sé muy bien de qué. Pero cuando vio a Pablo en el suelo, no dudó ni un segundo.
Se agachó, le tocó el pulso, le preguntó si le dolía el brazo. Pablo asintió con la cabeza, sin poder hablar.
—¿Tenéis aspirinas? —preguntó Antonio.
Yo me quedé en blanco. Aspirinas. ¿Para qué quería aspirinas? Estaba mi amigo en el suelo, con un infarto, y este señor pedía aspirinas como si le doliera la cabeza.
Mi mujer salió corriendo al baño. Volvió con una caja vieja, de esas que están en el botiquín desde hace años, llena de polvo. Antonio la abrió, sacó una pastilla y se la dio a Pablo.
—Mastica esto —le dijo—. Despacio. No la tragues entera. Mastícala bien.
Pablo obedeció. Con la cara blanca, con el sudor cayéndole por la barbilla, empezó a masticar esa pastilla. No entendía nada. Solo quería que llegara la ambulancia.
La explicación de Antonio
Mientras esperábamos, Antonio nos explicó. Hablaba bajo, tranquilo, como si esto le pasara todos los días.
—La aspirina es anticoagulante —dijo—. Cuando tienes un infarto, lo que pasa es que se te forma un coágulo en una arteria del corazón. Ese coágulo tapa el conducto y la sangre no llega al músculo. Y el músculo, sin sangre, empieza a morirse. La aspirina no va a quitar el coágulo, pero puede hacer que no crezca más. Y si la mastica, hace efecto en seguida. Si la traga entera, tarda media hora. Y media hora es mucho tiempo.
Media hora. Eso dijo. Media hora es mucho tiempo.
Pablo seguía masticando, con la mirada perdida, pero al menos estaba consciente. Antonio le dijo que se quedara sentado, que no se tumbara, que así el corazón trabajaba mejor. Y le preguntó si era alérgico a algo, si había tenido problemas de estómago. Pablo negó con la cabeza.
¿Qué dice la ciencia de esto? ¿Lo respalda?
Lo que Antonio describía en voz baja no era una ocurrencia aprendida en un cursillo cualquiera, sino una medida respaldada por la evidencia médica: ante la sospecha de un infarto, las guías de la American Heart Association y la European Society of Cardiology aconsejan administrar cuanto antes una dosis de aspirina, preferiblemente masticada, porque su acción antiplaquetaria ayuda a frenar la expansión del coágulo que obstruye la arteria y puede reducir la mortalidad mientras llega la atención hospitalaria. No es una solución definitiva ni sustituye a la ambulancia, pero en esos minutos suspendidos —cuando cada segundo compromete más músculo cardíaco— puede marcar una diferencia real.
Llegó la ambulancia
Los sanitarios entraron como un vendaval. Monitores, preguntas, una camilla. En menos de cinco minutos se llevaron a Pablo. Mi mujer y yo nos quedamos en la cocina, sin hablar, mirando el suelo.
El reloj marcaba las diez y cuarenta. Habían pasado veinticinco minutos desde que Pablo se llevó las manos al pecho. Veinticinco minutos que se me habían hecho eternos.
En el hospital
Fuimos detrás de la ambulancia. Nos dijeron que esperáramos en una sala, que ya nos avisarían. Allí estuvimos tres horas, sin hablar, mirando las baldosas del suelo, escuchando los ruidos del hospital. Pasillos que se abrían y cerraban, gente que iba y venía con prisa, teléfonos sonando.
Sobre las dos de la madrugada salió un médico. Llevaba gafas y cara de cansancio.
—Ha sido un infarto —dijo—. Le hemos puesto un stent, ha ido bien. Está estable. Ha tenido suerte de que le dieran aspirina en seguida. Eso le ha ganado unos minutos valiosos.
Minutos valiosos. Esa fue la expresión que usó.
Los días después
Pablo estuvo una semana ingresado. Cuando salió, fui a verlo a su casa. Estaba sentado en el mismo sofá de aquella noche, con una manta por encima y la tele puesta sin volumen.
—¿Sabes lo que pienso? —me dijo—. Pienso en todas las veces que he tenido aspirinas en casa y ni siquiera sabía para qué servían de verdad. Las compraba por si me dolía la cabeza, las guardaba en un cajón y se me olvidaban. Y resulta que una de esas pastillas viejas, de las que tenía olvidadas, probablemente me ha salvado la vida.
Me quedé callado. No sabía qué decir.
—Y pienso en Antonio —siguió—. En el vecino del quinto. Si no llega a estar él allí, si no llega a saber lo de la aspirina, igual ahora no estaríamos hablando.
Lo que hice después
Cuando volví a mi casa, fui directo al baño. Abrí el botiquín y lo vacié todo encima de la encimera. Pastillas caducadas, tiritas viejas, cremas que ya no recordaba para qué eran. Lo tiré todo.
Luego fui a la farmacia y compré tres cajas de aspirinas de 300 miligramos. Una la puse en la cocina, en un armario que todo el mundo conoce. Otra en la guantera del coche. Otra en mi mochila del trabajo.
Y les compré una caja a mis padres, y otra a mi hermana, y otra a mis suegros. A todos les dije lo mismo: ponedlas en un sitio donde las encontréis rápido, y acordaos de que si algún día pasa algo, se mastican, no se tragan. Y lo primero, siempre, llamar al 112.
Mi madre se rió. Dijo que yo siempre había sido un poco alarmista, que para qué iba a necesitar ella aspirinas si estaba más sana que un roble. No me hizo mucho caso.
No pasa nada. Las tiene ahí, en un cajón de la cocina, por si acaso.
Por qué te cuento esto
No soy médico. No soy enfermero. No sé de medicina más que lo básico que aprendí aquella noche. Pero sé una cosa: hay información que debería ser de dominio público. Que todos deberíamos saber, igual que sabemos llamar al 112 o poner una tirita en una herida.
Lo de la aspirina en caso de infarto es una de esas cosas.
No hace falta ser un experto. Solo hace falta recordar tres cosas:
- Si alguien tiene síntomas de infarto, llama al 112 primero.
- Si no es alérgico ni tiene problemas de sangrado, dale una aspirina de 300 mg para que la mastique despacio.
- Mientras llegan los médicos, mantenlo sentado, tranquilo, abrigado.
Puede parecer poco. Pero a veces, ese poco es todo.
El cajón de las aspirinas
Hoy, cuando abro el armario de la cocina y veo esa caja de aspirinas, pienso en Pablo. Pienso en aquella noche, en el sudor frío, en el silencio, en el vecino que supo qué hacer. Pienso en lo rápido que pasa todo y en lo frágil que es esto de estar vivos.
Y pienso también en que a veces, las cosas más importantes están en los sitios más tontos. En un cajón olvidado. En una pastilla blanca que compramos sin pensar. En un vecino que un día aprendió algo y lo recordó en el momento justo.
No sé si esto servirá de algo. Pero si tú que estás leyendo llegas hasta aquí, hazme un favor: mira en tu casa, busca las aspirinas, ponlas en un sitio visible. Y cuéntaselo a alguien. Porque nunca sabes cuándo vas a necesitarlas. Porque nunca sabes si ese alguien puede ser el Pablo de otra persona.
Yo, desde aquella noche, no vuelvo a tener un botiquín desordenado. Y cada vez que veo una aspirina, me acuerdo de que a veces la vida cabe en una pastilla pequeña y blanca, de esas que todos tenemos olvidadas en un cajón.
Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información



Que pasa cuando uno siente mucho dolor en el cuerpo, sin hacer ejercicios pero siente que le pasó un camión por encima
*INFORMACIÓN MUY VALIOSA*