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La herida de la injusticia en las constelaciones familiares

Voy a hablarte de una herida rara. De esas que no se ven, que no sangran, que no duelen en un sitio concreto. Pero que están ahí. Siempre. Como una losa pequeña que llevaras encima sin saber muy bien desde cuándo.

Es la herida de la injusticia.

Y lo curioso es que quien la tiene no suele saberlo. Cree que es su forma de ser. Que es perfeccionista porque sí. Que le molesta la mentira porque es una persona de principios. Que no soporta el abuso porque tiene valores sólidos.

Y sí, todo eso está bien. Pero a veces detrás hay algo más. Algo que viene de lejos.

La historia de Ana

Ana llegó a mi vida hace unos años. Bueno, Ana no se llama Ana, pero da igual. Ana era la persona más responsable que he conocido. Todo lo hacía bien. Todo lo tenía controlado. En el trabajo era la primera en llegar y la última en irse. En casa, todo ordenado, todo en su sitio. Sus hijos, impecables. Su marido, bien atendido. Ella, agotada.

Pero lo que más llamaba la atención es que Ana siempre estaba en guardia. Cualquier cosa que le pareciera injusta la encendía. Que un compañero llegara tarde. Que alguien recibiera un trato que ella consideraba preferente. Que en el colegio de sus hijos hubiera favoritismos. Ana saltaba. Siempre con razón, siempre con argumentos, pero saltaba.

Un día, en una conversación, hablando de su infancia, soltó algo sin darle importancia: «Mi hermano siempre fue el favorito. Mi madre lo justificaba todo. A mí me exigían, a él le perdonaban».

Y ahí empezó todo.

Cuando la herida de la injusticia te marca

Porque mira, cuando eres niño y sientes que no hay trato igual, algo se rompe. No es que lo pienses, no es que lo razones. Es que tu cuerpo lo guarda. «A él le dan, a mí no». «A ella le perdonan, a mí me castigan». «A mi hermano lo quieren más».

No hace falta que sea verdad. Solo hace falta que tú lo sientas así.

Y entonces, sin querer, empiezas a construir una coraza. Te vuelves muy exigente contigo mismo. Porque si eres perfecto, no podrán tratarte mal. Si lo haces todo bien, no habrá injusticia que valga. Te conviertes en un vigilante del equilibrio, en un defensor de lo correcto.

Pero por dentro, lo que hay es una niña o un niño que todavía espera que alguien le diga: «lo que pasó no estuvo bien. Tú merecías más».

Cuando la injusticia viene de antes

Hay algo que he aprendido con los años y con historias como la de Ana: a veces la injusticia que sentimos no es ni siquiera nuestra. No me refiero a cosas raras. Me refiero a que en nuestras familias, en nuestras historias, puede haber alguien que fue tratado muy mal. Muy injustamente.

Un abuelo que fue desheredado. Una tía abuela a la que apartaron. Un antepasado al que humillaron, excluyeron, condenaron sin razón.

Y ese dolor, esa rabia, esa sensación de «no es justo» no se fue. Se quedó en el sistema familiar. Como una deuda pendiente.

Luego llega alguien como Ana, sensible, responsable, y sin saberlo, carga con eso. Se convierte en la defensora de los que no tuvieron voz. En la luchadora por la justicia que sus ancestros no pudieron ser. Y vive su vida como una batalla constante, sin saber muy bien contra quién pelea.

La gente que carga esta herida (y no lo sabe)

Si tienes esta herida, probablemente te identifiques con algunas de estas cosas:

  • Necesitas que todo sea justo. Te altera profundamente cuando no lo es.
  • Eres muy exigente contigo mismo. Te cuesta perdonarte los errores.
  • También eres exigente con los demás. Puedes ser duro juzgando.
  • Te cuesta delegar. Porque si lo haces tú, estará bien hecho.
  • Tienes una brújula moral muy marcada. Lo blanco es blanco, lo negro es negro.
  • Por dentro, a veces sientes que la vida ha sido injusta contigo. Aunque por fuera no lo parezca.

Y todo esto no es malo. Ser justo es bueno. Ser responsable es bueno. Pero cuando viene del miedo, cuando viene de una herida no sanada, el precio es muy alto: la tensión permanente, la dificultad para relajarte, la sensación de que siempre tienes que estar defendiendo algo.

Lo que aprendí con Ana

Ana empezó a trabajar esto. A mirar a su madre con otros ojos. A entender que su madre también había tenido su historia, sus propias heridas. Que el favoritismo hacia su hermano no era porque Ana valiera menos, sino porque su madre arrastraba sus propias cosas.

Y luego, en un taller de constelaciones familiares, apareció una figura que Ana no conocía: una tía abuela que había sido apartada de la familia por algo que había hecho. Algo de lo que nadie hablaba. Esa mujer había sido tratada con una dureza terrible, excluida, borrada.

Y Ana, sin saberlo, llevaba su indignación. Su rabia. Su «no es justo».

Cuando pudo verla, cuando pudo decirle «veo tu dolor, veo lo que te hicieron, pero no es mío», algo se aflojó en su pecho.

El camino para sanar

Porque sanar esto no es olvidar. No es perdonar porque sí. No es hacerse el fuerte.

Sanar es, primero, darte cuenta. Ponerle nombre a esa sensación de lucha constante. Reconocer que no toda la rigidez es fortaleza.

Después, mirar atrás. Ver si en tu historia hubo trato desigual. Si hubo exclusiones. Si hubo alguien a quien apartaron.

Y luego, hacer un movimiento interior difícil: honrar a quien sufrió sin cargar su mochila. Decir: «lo que te pasó fue injusto. Lo reconozco. Lo respeto. Pero yo vivo mi vida. Tú tienes tu lugar, yo tengo el mío».

No es fácil. Cuesta. Porque uno ha pasado años identificado con esa lucha. Pero cuando lo consigues, algo cambia.

La diferencia entre rigidez y firmeza

Hay una cosa que me enseñaron que no olvido: la rigidez viene del miedo. La firmeza viene de la paz.

Cuando sanas esta herida, no te conviertes en alguien que permite la injusticia. Simplemente dejas de pelear contra molinos de viento. Sigues teniendo claros tus límites, pero puedes ponerlos sin odio. Puedes decir que no sin castigar. Puedes defenderte sin atacar.

Y por dentro, hay menos tensión. Menos ruido. Menos esa sensación de que el mundo está en tu contra.

Lo que me llevo de todo esto

Ana hoy está mejor. Sigue siendo responsable, sigue siendo justa. Pero ya no vive en guardia permanente. Puede relajarse. Puede reírse de cosas que antes le sacaban de quicio.

Y cuando alguien hace algo injusto, actúa, pero sin llevarse el problema a la cama. Lo deja donde tiene que estar.

Porque al final, de eso se trata. De vivir tu vida, no la de tus ancestros. De poner justicia donde toca, sin convertirte en un soldado de una guerra que no empezó contigo.

Si te resuena esto, mírate. Pregúntate de dónde viene esa sensación de «no es justo». Puede que haya una historia esperando ser vista. Y cuando la ves, algo se libera. Y entonces, sin tanto peso, puedes ser justo sin esfuerzo. Firme sin rigidez. Fuerte sin estar en guerra.

*Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

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Marianan
Marianan
6 meses hace

me interesa

Miryam Loja
Miryam Loja
6 meses hace

gracias por todo lo maravilloso de este viaje con aprendizaje completo

Ana del Pino
Ana del Pino
6 meses hace

me siento identificada con Ana

Viviana Ochoa
Viviana Ochoa
5 meses hace

Excelente artículo

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