Mujer mayor con vestimenta tradicional de curandera, de pie en un espacio exterior con plantas y utensilios típicos del curanderismo. Mujer mayor con vestimenta tradicional de curandera, de pie en un espacio exterior con plantas y utensilios típicos del curanderismo.

Pachita: ¿Podemos replicar sus operaciones milagrosas?

Recuerdo la primera vez que leí sobre las curaciones de Pachita. Me quedé hasta las tres de la madrugada, con esa mezcla de escepticismo y anhelo que nos producen las historias que desafían lo que creemos posible.

Pachita, una mujer sencilla que decían operar con las manos desnudas. Grinberg, un científico brillante que abandonó el laboratorio para estudiar lo inefable. ¿Qué vio realmente Grinberg en esa habitación donde supuestamente ocurrían cosas imposibles?

¿Es posible realizar las operaciones de Pachita?

Es complejo hacer lo que hacía Pachita porque, en esencia, no era una técnica que pudiera aprenderse, sino la expresión de un estado de conciencia radicalmente distinto al nuestro. Mientras nosotros habitamos un mundo de formas sólidas y separadas —donde un cuerpo es un cuerpo y un órgano es solo un órgano—, ella parecía operar desde lo potencial, desde ese campo de información que Jacobo Grinberg llamaba la Lattice. No se trataba de «curar» en el sentido que conocemos, sino de interactuar con los patrones que sostienen la realidad física, antes incluso de que se manifestaran plenamente. Eso exige una disolución de la percepción ordinaria que para la mayoría resulta inimaginable.

Lo que relataban quienes la observaban no era el ejercicio de un poder personal, sino todo lo contrario: una despersonalización tan profunda que permitía que algo más grande actuara a través de ella. Ella decía: «No soy yo, es el hermano Cuauhtémoc«. Y en esa aparente modestia late una verdad esencial: el «yo» que planifica, controla y duda es el gran obstáculo. Nos aferramos a nuestra identidad; ella, en cambio, podía soltarla.

Vivimos pensando en causa-efecto, en tiempo lineal y espacio definido. Pero si Pachita accedía a esa red donde todo está conectado más allá del tiempo, entonces su conciencia operaba desde un presente continuo, sin separación entre ella, el paciente y la cura. Eso no se alcanza con concentración, sino con el silenciamiento del observador separado.

Lo que creo que sí es más «fácil»

Después de meses leyendo sus textos, conversando con quienes lo conocieron y reflexionando en mis madrugadas, he llegado a esto:

No vamos a materializar órganos ni ver a través de la piel. Pero quizás sí podemos desarrollar:

  • Esa sensación de saber cosas sin saber cómo las sabemos.
  • Esa conexión instantánea con ciertas personas o lugares.
  • Esos momentos de lucidez donde todo parece tener sentido.

Tres prácticas concretas que he probado

  1. El silencio como disciplina. No el silencio exterior, sino ese espacio interno donde dejo de contarme mi propia historia. Veinte minutos al día, simplemente siendo. Los primeros días era un suplicio. Ahora a veces siento como si mi mente se expandiera más allá de los límites de mi cráneo.
  2. La atención unificada. Cuando camino, solo camino. Cuando escucho, solo escucho. Parece simple, pero es de lo más difícil que he intentado. Curiosamente, en esos momentos de atención plena, a veces llegan intuiciones que luego resultan certeras.
  3. Los pequeños rituales. No con sahumerios ni cantos (aunque por qué no), sino con gestos conscientes. Preparar el café con plena atención. Ordenar el escritorio como acto meditativo. Estos pequeños ritmos me ayudan a salir del piloto automático.

Quienes se acercan a estos estados ampliados de conciencia a menudo hablan de una soledad profunda, de habitar un lugar intermedio entre lo tangible y lo invisible. La comodidad de nuestra realidad consensuada es, en el fondo, una protección.

No se trata de que sea difícil, sino de que es ontológicamente distinto. No es como aprender física o tocar el violín. Es un cambio de raíz en el modo de ser. Mientras nosotros buscamos respuestas, personas como Pachita vivían en un estado donde las preguntas ni siquiera surgían.

Lo que he descubierto

Tal vez el verdadero legado de Pachita y Grinberg no esté en lo extraordinario de sus historias, sino en recordarnos que la realidad es más porosa de lo que pensamos.

  • Cuando callamos el ruido interno, algo en el mundo se muestra diferente.
  • La conexión que sentimos con ciertas personas o lugares no es casual.
  • A veces, en momentos de gracia, podemos saber cosas que no hemos aprendido.

No soy curandero ni tengo poderes especiales. Pero he experimentado suficiente como para saber que hay más entre el cielo y la tierra de lo que nos enseñaron en la escuela.

¿Y tú? ¿No has tenido también esos momentos donde la realidad parece hacerse más blanda, más maleable? Esos instantes en que sientes que todo está conectado, aunque no sepas cómo.

Quizás ahí, en esa experiencia cotidiana y misteriosa, esté la verdadera semilla de lo que Grinberg estudió y Pachita vivió.

Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

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