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Visión extraocular: la investigación de Jacobo Grinberg

Te soy sincero: cuando leí por primera vez lo de la visión extraocular, puse la misma cara que seguramente estás poniendo tú ahora. Esa mezcla de «¿cómo?» y «a ver, déjame que lo procese». Porque suena a ciencia ficción, a esos reportajes de revistas de misterio que comprabas en el quiosco. Pero luego empiezas a indagar, conoces la historia de Jacobo Grinberg, y algo cambia. No es que te lo creas a pies juntillas, pero empiezas a preguntarte: ¿y si nuestro cerebro puede más de lo que creemos?

El hombre que miró más allá

Jacobo Grinberg no era un chamán ni un esoterista. Era neurofisiólogo, con formación académica, con publicaciones, con todo el peso de la ciencia detrás. Y aún así tuvo el valor —o la osadía, según se mire— de investigar cosas que la mayoría de sus colegas preferían ignorar.

Porque en México, en los años 80 y 90, Grinberg se encontró con algo que no encajaba en los manuales. Personas que, con los ojos vendados, describían lo que tenían delante. Niños que leían cartas sin mirarlas. Gente que se movía por habitaciones sin chocar, aunque llevaran máscaras opacas.

Lo interesante es que él no se limitó a quedarse con la anécdota. Intentó medirlo, registrarlo, darle un marco científico. Ahí nace su Teoría Sintérgica, que suena complicada pero en el fondo plantea algo bastante sencillo: ¿y si la realidad no está fuera esperando que la miremos, sino que la creamos entre todos, entre el cerebro y algo así como un campo de información?

¿Cómo funciona eso de ver sin ojos?

Vamos a lo práctico. En los experimentos de Grinberg, los participantes se tapaban los ojos. No con un pañuelo cutre, sino con vendas gruesas, con gafas opacas, con máscaras que impedían cualquier filtración de luz. Y aún así, decían percibir.

Identificaban colores. Distinguían formas. Algunos, según sus registros, llegaban a leer.

La explicación que daba Grinberg no era mágica. Para él, el cerebro no necesita necesariamente el ojo para acceder a la información del entorno. Como si los sentidos fueran antenas, pero no las únicas. Como si hubiera una conexión más directa entre la conciencia y las cosas, una que normalmente ignoramos porque estamos demasiado entrenados en usar los cinco sentidos de toda la vida.

Me recuerda a cuando alguien te dice «notaba que me mirabas» y te girabas y efectivamente. O esas veces que sabes quién llama antes de mirar el teléfono. Casualidades, dirán algunos. Pero si juntas muchas casualidades, igual empieza a parecer otra cosa.

La parte que escuece a los científicos

Aquí viene lo complicado. Porque Grinberg, con todo su método, con toda su seriedad, no consiguió lo que la ciencia exige: que otros repitieran sus experimentos y obtuvieran los mismos resultados. Eso, para un científico, es como el sello de calidad. Si solo tú ves algo, igual es que estás viendo lo que quieres ver.

Así que hoy, cuando buscas información sobre visión extraocular, encuentras de todo. Gente que lo defiende a capa y espada. Gente que lo desmonta con argumentos «sólidos». Y en medio, un montón de preguntas sin responder.

Pero lo que nadie discute es que Grinberg planteó algo valioso: que nuestro conocimiento sobre la conciencia es aún muy básico. Que damos por sentado demasiadas cosas. Que a lo mejor, solo a lo mejor, el cerebro humano tiene capacidades que ni siquiera hemos empezado a explorar.

El misterio que nunca se resolvió

Y luego está lo otro. Lo que convierte esta historia en algo aún más inquietante.

En 1994, Jacobo Grinberg desapareció. Sin aviso, sin rastro, sin explicación. Desapareció y ya está. Como si se lo hubiera tragado la tierra.

Puedes imaginar las teorías: que lo silenciaron, que se fue voluntariamente, que sus investigaciones molestaban a alguien con poder. También las más fantasiosas, claro. Pero lo cierto es que nadie sabe qué pasó. Y ese vacío, esa ausencia de respuesta, ha envuelto su trabajo en un halo que a veces dificulta separar el grano de la paja.

A mí, personalmente, me da pena. Porque Grinberg merece que se hable de sus ideas, no solo de su desaparición. Merece que se discuta si estaba en lo cierto o si se equivocaba, pero desde el respeto a alguien que dedicó su vida a preguntarse cosas incómodas.

¿Tiene razón?

Me gusta imaginar que sí, que razón tenía. No digo que mañana vayamos a taparnos los ojos y leer el periódico. Pero sí que la percepción humana es más compleja, más profunda, más misteriosa de lo que creemos.

Hay algo humilde en reconocer que no lo sabemos todo. Que igual el cerebro no es solo una máquina de procesar datos, sino algo más parecido a un receptor, a un traductor, a un puente entre lo que hay fuera y lo que somos dentro.

Grinberg se atrevió a mirar hacia ese abismo. Y aunque no encontrara todas las respuestas, aunque quizá se equivocara en algunas cosas, hizo lo que todo científico debería hacer: preguntar, indagar, no darlo todo por cerrado.

A veces pienso que el misterio de su desaparición le va bien a su historia. Como si él mismo se hubiera convertido en parte del enigma que pasó la vida estudiando. Ojalá esté en algún lugar, mirando —con ojos o sin ellos— cómo seguimos haciéndonos las mismas preguntas que él se hizo.

Porque al final, de eso va esto: de no dejar de preguntar. Aunque duela. Aunque no haya respuestas claras. Aunque algunos te miren como si estuvieras loco. Como Grinberg debió sentirse más de una vez…

Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

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2 Comentarios
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Carmen Ibarra
Carmen Ibarra
5 meses hace

me interesa saber de cursos en relación a visión extraocular

Ethel Salas
Ethel Salas
4 meses hace

Muy interesante, quisiera saberas de la visión remota y de la meditación, gracias

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