Voy a ser sincero: nunca fui de los que se obsesionan con la comida. Como de todo, me gusta lo rico y siempre he pensado que la vida son dos días. Pero hace un tiempo empecé a leer cosas que me hicieron parar. No fue un susto concreto, ni un diagnóstico. Fue una conversación con un amigo médico, una noche de esas en las que se habla de todo, y él soltó algo que se me quedó clavado.
«La comida no es solo comida. O te ayuda o te perjudica, pero nunca es neutra».
Y claro, uno piensa que exagera. Pero luego empiezas a mirar, a preguntar, a leer un poco, y te das cuenta de que no iba tan desencaminado.
Lo del azúcar me hizo mirar los refrescos de otra manera
Yo nunca he sido muy goloso, pero los refrescos… los refrescos eran mi perdición. Sobre todo en verano, una lata bien fría. O en el trabajo, a media mañana, para despejarme. Nada escandaloso, tres o cuatro a la semana.
Pero resulta que el azúcar, sobre todo el de las bebidas, está detrás de la obesidad. Y la obesidad no es solo que no te quepa el pantalón. Es que la obesidad es un factor de riesgo para más de diez tipos de cáncer. De mama, de colon, de esófago, de riñón… Leí eso y pensé: «¿De verdad voy a cambiar mi salud por un rato de burbujas?».
Ahora bebo agua con limón. O cerveza sin, de vez en cuando. Y los refrescos los dejé. Las primeras semanas las eché de menos, ahora ni me acuerdo.
Lo de las grasas trans
Un día me puse a leer las etiquetas de lo que tenía en la despensa. Era domingo por la mañana, no tenía nada mejor que hacer. Y aluciné.
Las galletas que compraba de vez en cuando. Las patatas fritas de bolsa para el finde. Algunas cosas precocinadas que caían cuando llegaba tarde a casa. Casi todas llevaban grasas trans. Y las grasas trans no solo son malas para el corazón, que ya es bastante. También hay estudios que las relacionan con más riesgo de cáncer de mama y de próstata.
Tiré lo que estaba abierto y me prometí no volver a comprar nada sin mirar antes. Ahora, si lleva aceites hidrogenados o parcialmente hidrogenados, lo dejo en la estantería.
El alcohol: una tarea difícil
Aquí no te voy a engañar. Me gusta una copa de vino en la comida. Una caña con los amigos. Un vermú el domingo. Pero luego leí que la OMS clasifica el alcohol como carcinógeno del grupo 1. El mismo grupo que el amianto o el tabaco. No quiere decir que sea igual de peligroso, pero sí que hay evidencia suficiente de que aumenta el riesgo de cáncer. De boca, garganta, esófago, hígado, mama…
No he dejado de beber del todo. Pero he reducido mucho. Ahora el vino solo en comidas especiales, la cerveza solo algún finde. Y noto que duermo mejor y tengo más energía por las mañanas.
Lo de los alimentos en conserva
Siempre he tenido latas en casa. Por si acaso, para emergencias. Atún, verduras, legumbres. Pero resulta que muchas latas tienen un recubrimiento interior con bisfenol A, una cosa que algunos estudios relacionan con problemas hormonales y ciertos cánceres. Además, el exceso de sal de algunos conservas no ayuda.
Ahora sigo teniendo latas, pero las elijo sin bisfenol (las que lo indican) y procuro que sea esporádico. Para el día a día, mejor fresco o congelado.
Lo que más me costó: La comida rápida
Confieso que soy débil. Una hamburguesa de vez en cuando me parece un placer. Pero luego leí que la comida rápida no solo engorda, sino que su preparación a altas temperaturas genera compuestos como la acrilamida, que también está en estudio por su potencial cancerígeno. Y además, suelen llevar grasas malas, mucha sal y pocos nutrientes.
Ahora me permito una hamburguesa al mes, como mucho. Y procuro que sea de las que puedas comer con cierta tranquilidad, no de esas que sabes que te van a dejar el estómago hecho un puño.
Lo de los alimentos con moho
Parece una tontería, pero hay un moho que produce unas toxinas llamadas aflatoxinas. Están en granos, nueces, frutos secos que se han estropeado mal. Y son de las cosas más cancerígenas que existen. Ahora reviso bien lo que compro, no dejo que nada se pase de fecha y, si un fruto seco sabe raro, lo tiro sin pensar.
Lo que hago ahora en mi cocina
No te voy a decir que me haya vuelto un freak de la alimentación. Sigo comiendo cosas ricas, sigo disfrutando. Pero he cambiado algunas cosas que, sumadas, creo que me van a venir bien a largo plazo:
- Más fruta y verdura. Antes las veía como acompañamiento, ahora como plato principal muchos días.
- Menos procesados. Si viene en una caja y tiene veinte ingredientes, lo pienso dos veces.
- Más cocina casera. Sé lo que como, sé cómo lo cocino, sé cuánta sal le pongo.
- Leer etiquetas. Me ha cambiado la vida. Ahora sé que muchos productos «light» o «saludables» no lo son tanto.
- Menos azúcar. Intento que no sea parte de mi día a día, sino un capricho puntual.
Lo que pienso ahora
No sé si todo esto evitará que tenga cáncer algún día. Ojalá que sí, pero nadie tiene garantías. Lo que sí sé es que me siento mejor. Tengo más energía, duermo mejor, mi digestión va como un reloj y he perdido unos kilos sin hacer dieta.
Y sobre todo, tengo la sensación de que hago algo por mí. De que no dejo mi salud en manos de la suerte, sino que pongo de mi parte.
Mi amigo médico tenía razón: la comida no es neutra. O te construye o te desgasta. Y yo, después de leer y de probar, he decidido que quiero que me construya. Poco a poco, sin obsesiones, pero con conciencia.
Al final, de eso se trata. De saber qué metes en tu cuerpo y por qué. De no hacerlo por miedo, sino por cuidado. De pensar que cada comida es una oportunidad para estar un poco mejor.
Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información