Te voy a contar lo que le pasó a Lucía. No es su nombre real, pero da igual. Podría ser el de muchas personas.
Lucía era de esas personas que enamoran nada más conocerlas. Siempre sonriente, siempre atenta, siempre pendiente de los demás. Tenía un don para hacer que te sintieras especial. Pero había algo raro en ella, algo que solo notabas si la tratabas mucho tiempo.
Lucía necesitaba que la quisieran. No como todos, que nos gusta sentirnos queridos. Necesitaba, con mayúsculas. Si no recibía un mensaje en un rato, empezaba a pensar que había hecho algo mal. Si su pareja tardaba en responder, ya imaginaba que se estaba cansando de ella. O simplemente si un amigo quedaba con otros sin avisarle, sentía un vacío en el estómago que no se iba en días.
Un día, tomando algo, me confesó: «Tengo treinta y siete años y todavía me da miedo que mi madre se muera y me quede sola. No es que no quiera que se muera, que es normal, es un miedo raro, como si sin ella yo dejara de existir».
Yo le pregunté: «Lucía, ¿tú has sentido alguna vez que te abandonaban?».
Se quedó callada un buen rato.
Cuando era pequeña
Lucía no recordaba haber sido abandonada. Sus padres nunca se separaron, siempre estuvo cuidada, nunca le faltó comida ni ropa. Pero había algo que no encajaba.
Su madre trabajaba muchas horas. Su padre también. Ella era hija única y pasaba tardes enteras en casa de sus abuelos, viendo la tele, esperando a que alguien llegara. No era abandono físico, no. Pero era esa sensación de que cuando llegaba la noche y no venían, algo faltaba.
Luego estaban las promesas. «Este finde vamos al parque». Y luego no se podía. «Te compraré ese muñeco». Y luego se olvidaban. Pequeñas cosas, nada grave, pero que fueron dejando una huella: la huella de que no podía contar con que los demás estuvieran.
Con el tiempo, Lucía dejó de pedir. Aprendió a no esperar nada. Pero por dentro, lo que había era una niña pequeña que todavía miraba la puerta esperando que alguien entrara.
Lo que aparece en las relaciones
Cuando Lucía se hizo mayor, ese patrón se trasladó a sus relaciones. Se enamoraba rápido, intenso, con todo. Pero al poco tiempo empezaba a notar que algo iba mal. El otro no la quería lo suficiente. No la llamaba cuando debía. No le decía las cosas que necesitaba oír.
Y ella, en lugar de pedirlo o hablarlo, hacía dos cosas: o se alejaba antes de que la dejaran, o se pegaba más, intentando retener.
Ninguna de las dos funcionaba. Los que se iban, se iban igual. Y los que se quedaban, se ahogaban.
«Es que siempre me pasa lo mismo», decía. «Siempre elijo mal».
Pero no era que eligiera mal. Era que, estuviera con quien estuviera, ella ya llevaba dentro el miedo a que se fueran. Y ese miedo, sin querer, empujaba a que se fueran. Como una profecía que se cumple sola.
El día que apareció la historia de su abuela
Lucía empezó a trabajar esto en un taller de constelaciones familiares. No porque creyera mucho, sino porque ya no sabía qué más hacer. Y allí apareció algo que no esperaba.
Su abuela materna había perdido a su madre con cinco años. La madre murió de parto, de otro hijo. La abuela se quedó sola, con un padre que trabajaba de sol a sol y unos hermanos que criar entre todos. Nadie la abrazó, nadie la sostuvo, nadie le dijo «vas a estar bien». Ella simplemente sobrevivió.
Luego se casó, tuvo hijos, y nunca habló de aquello. Pero aquello estaba allí.
Y Lucía, sin saberlo, llevaba el dolor de su abuela. Esa sensación de que te quedas solo, de que no hay nadie, de que la vida te abandona. No era suyo, pero lo sentía como propio.
Cuando la terapeuta le hizo mirar a su abuela y decirle: «Eso fue tuyo, yo no lo cargo. Yo te honro, pero vivo mi vida», Lucía sintió algo que no había sentido nunca. Como si le quitaran una mochila que ni sabía que llevaba.
Las señales que ella tenía y no sabía leer
Ahora Lucía sabe reconocer cuándo aparece la herida. Le pasa cuando:
- Necesita confirmación constante de que la quieren.
- Si alguien se distancia un poco, ella ya piensa que es por su culpa.
- Le cuesta horrores pedir ayuda. Porque si pide, igual le dicen que no.
- Se siente sola incluso en medio de una fiesta.
- Tiene un radar para detectar si la gente se va a ir antes de que se vayan.
Y lo más curioso: ella también hacía lo mismo que le hacían. A veces se distanciaba sin avisar, dejaba de responder, desaparecía. Como si, sin querer, repitiera aquello que tanto miedo le daba.
El camino que hizo para sanar
Lucía no sanó de golpe. No hubo un momento mágico en que todo se arregló. Pero fue haciendo cosas pequeñas que, con el tiempo, cambiaron todo.
Primero, aprendió a mirar a su madre con otros ojos. A entender que su madre trabajaba tanto porque había tenido una infancia dura, porque no sabía estar de otra manera, porque ella tampoco recibió ese calor que ahora Lucía reclamaba.
Luego, empezó a decir lo que necesitaba. En lugar de esperar a que el otro adivinara, decía: «Me gustaría que me llamaras más». Y si el otro no llamaba, ella decidía si eso era aceptable o no. Pero sin hacerse la víctima.
También aprendió a estar sola. A pasar un fin de semana sin planes, sin mensajes, sin nadie. Y descubrió que no pasaba nada. Que la soledad no era abandono, que podía estar consigo misma y no morir en el intento.
Lo que ahora entiende
Hoy Lucía sigue teniendo sus momentos. Sigue habiendo días en que ese miedo asoma. Pero ya no gobierna su vida. Cuando aparece, lo mira y le dice: «Ya estás aquí otra vez. Vale, te siento, pero no te creo».
Y lo más importante: ya no culpa a nadie. Ni a su madre, ni a sus parejas, ni a su abuela. Entiende que cada uno hizo lo que pudo con lo que tenía. Y que ella, ahora, puede hacer algo diferente.
Lo que aprendí de Lucía
Yo, viendo a Lucía, entendí que la herida del abandono no es solo cosa de personas a las que dejaron tiradas de verdad. A veces es más sutil. Es ese «no estabas cuando te necesitaba». Es ese «prometiste y no cumpliste». O ese «te veo pero no te miro».
Y que muchas veces viene de atrás. De abuelas que perdieron madres, de abuelos que se quedaron solos en guerras, de historias que nadie contó pero que el cuerpo guarda.
Sanar, al final, es darse cuenta de qué es tuyo y qué no. Y soltar lo que no te pertenece. Y abrazar lo que sí, con todo lo que duele y todo lo que cura.
Lucía ahora sonríe de otra manera. Sigue siendo esa persona que enamora, pero ya no necesita que la quieran para sentirse viva. Simplemente, está. Y desde ahí, todo es más fácil.
*Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información
me llego al alma
Estoy cursando coaching sistemico, y me interesa mucho este tema de constelaciones familiares.
mis padres, me pidieron perdón por usarme desde mí infancia. me marcaron que tenía que trabajar, no me mandaron al colegio secundario, Yo trabajaba y cuando cobraba me pedían el dinero para ayudar en casa, un día me revelé, a los 17años.
Y mis padres cambiaron el trato hacia mi.
pero también les debo contar, que hermanos seis Hermanos.
continuo que seguí ayudando pero ya no era el mismo cariño O aprecio. Me llamaban el rebelde mis padres y mis hermanos. pasaron varios años y se hacían reuniones en la casa de mis padres y no me avisaban.
E esa época ya era casado, también no demostraban cariño hacia mí esposa.
Me corrieron varias veces dé mi casa paterna.
Hoy en la actualidad tenemos tres hermosos Hijos, mis padres yá fallecidos.
Decidí mantenerme al margen de mis hermanos.
tengo 68 años.