Manos sosteniendo siete piedras de colores con símbolos grabados que representan los chakras del cuerpo humano. Manos sosteniendo siete piedras de colores con símbolos grabados que representan los chakras del cuerpo humano.

Chakras y conciencia: cómo Jacobo Grinberg me enseñó a escuchar mi energía

Confieso que la primera vez que escuché sobre los chakras, pensé: «¿Otra moda espiritual?». Pero mira, la vida me tenía una sorpresa. Después de un año donde todo me salía patas arriba -el trabajo, la relación, hasta mi creatividad parecía haberse tomado vacaciones- una amiga me insistió: «Andrés, esto te puede ayudar». Y bueno, con escepticismo pero sin nada que perder, me aventuré.

Mi momento «ajá»

Fue en una clase de yoga, intentando (sin éxito) mantener el equilibrio en postura de árbol, cuando la instructora dijo algo que me resonó: «Cada chakra es como una conversación pendiente con una parte de ti». ¡Caray! Eso sí lo entendía. Porque yo tenía varias conversaciones pendientes, especialmente con mi inseguridad (que vivía en mi estómago) y con mi miedo a hablar claro (que se alojaba cómodamente en mi garganta).

Los siete chakras

  1. El de raíz: Está en tu trasero, literal. Es tu piloto automático de supervivencia. Cuando está bien, aunque te despidan y se acabe el mundo, algo dentro de ti dice: «Tranquilo, aquí seguimos». Cuando está mal, hasta salir por la leche da ansiedad.
  2. El creativo: Abajo de tu ombligo. No es solo para artistas, es tu capacidad para inventar soluciones cuando no hay dinero, para cocinar algo rico con lo que hay en la refri, para fluir con los cambios. El mío se bloqueó cuando me aferré a un trabajo que odiaba por «seguridad».
  3. El del poder personal: En la boca del estómago. Ahí viven los «yo puedo» y los «yo merezco». Te cuento: el mío estaba hecho un desastre. Me di cuenta porque decía «sí» cuando quería decir «no», y viceversa.
  4. El del corazón: En el pecho. No es ese corazón cursi de las telenovelas, es el que te permite poner límites con amor, perdonar lo imperdonable y no morir en el intento. El mío sanó mucho cuando entendí que amar no significa aguantar todo.
  5. El de la garganta: Aquí fue mi gran batalla. De pequeño me enseñaron que «calladito te ves más bonito», y cargué con eso años. Hasta que un día, en terapia, grité en un cojín todo lo que había callado. Al otro día amanecí sin esa molesta ronquera que me duraba meses.
  6. El del tercer ojo: Entre las cejas. Es tu brújula interna. Ese «no sé por qué, pero sé que debo hacer esto». Cuando empecé a hacerle caso, dejé de meter la pata tan seguido.
  7. El de la coronilla: Arriba de tu cabeza. No se trata de iluminación, sino de esos momentos donde de repente todo cobra sentido, aunque sea por cinco segundos. Como cuando abrazas a tu hijo y el mundo desaparece.

Lo que me funcionó

  • Para la raíz: Caminar descalzo en el pasto. Sonar simple, pero cuando tus pies tocan la tierra, algo se calma adentro.
  • Para el creativo: Bailar como idiota en la cocina. En serio, prueba bailar cumbia mientras lavas los platos.
  • Para el poder personal: Respirar hondo hacia el estómago antes de decir lo que pienso.
  • Para el corazón: Poner la mano en el pecho cuando siento que el mundo me queda grande.
  • Para la garganta: Cantar en el auto (aunque desafine como yo).
  • Para el tercer ojo: Apagar el celular cinco minutos al día y simplemente mirar por la ventana.
  • Para la coronilla: Agradecer una cosa cada noche, aunque haya sido un día de perros.

Reconociendo nuestra propia energía, al estilo Grinberg

Al final, lo que aprendí sobre los chakras tiene mucho en común con lo que Jacobo Grinberg enseñaba: no se trata de rituales, inciensos ni fórmulas mágicas, sino de sintonizar con nuestra propia conciencia y energía. Cada sensación, cada tensión en el cuerpo, cada impulso de actuar o de callar, es una señal que nuestra mente y nuestro cuerpo nos dan sobre cómo percibimos la realidad.

Grinberg decía que al prestar atención consciente a nuestro estado interno, comenzamos a sincronizarnos con la vida de manera más plena. Yo lo he sentido con los chakras: al escuchar lo que mi cuerpo y mis emociones me pedían, dejé de reaccionar automáticamente y empecé a responder desde un lugar más auténtico, más consciente.

En otras palabras, lo que para algunos es “espiritualidad” para mí se convirtió en un entrenamiento de conciencia: aprender a ver la vida desde adentro, a reconocer mi energía, y a permitir que mi percepción se abra a lo que realmente importa. Así, caminar descalzo, cantar desafinado o agradecer cada noche no son solo actos aislados, sino puertas a una percepción más viva y conectada, justo como Grinberg lo proponía.

Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

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