Voy a contarte algo que no es fácil de admitir. Durante muchos años, fui mi peor enemigo. Mi cabeza era un lugar hostil, un territorio donde cualquier error se magnificaba, cualquier logro se minimizaba y cualquier mirada ajena se interpretaba como un juicio. Me levantaba cada mañana con un crítico interno despiadado, de esos que no se callan ni cuando duermes.
No sé exactamente cuándo empecé a tratarme así. Probablemente fue un aprendizaje silencioso, de esos que vas incorporando sin darte cuenta. Alguien me dijo una vez que la humildad consistía en no valorarse demasiado, y yo me lo tomé al pie de la letra. Confundí humildad con anulación, respeto con autodesprecio.
Hasta que un día alguien me habló de algo que cambió mi forma de mirarme. Se llamaba meditación autoalusiva. Palabra rara, lo sé. Pero detrás de ese nombre impronunciable había una idea revolucionaria: ¿y si en lugar de juzgarte, te admiraras? ¿Y si en lugar de buscar defectos, reconocieras virtudes?
El encuentro con una idea nueva
Conocí esta práctica a través de un amigo que había pasado por algo parecido. Me dijo que había un psicólogo mexicano, Jacobo Grinberg, que había investigado formas de usar la meditación no para escapar de uno mismo, sino para reconciliarse con lo que uno es.
Grinberg, me contó, no era un místico ni un gurú. Era un científico, de los de bata y laboratorio. Pero había hecho algo inusual: se había tomado en serio las tradiciones chamánicas y las prácticas de meditación, buscando puntos de encuentro entre la ciencia y la experiencia directa. Una de sus ideas más potentes era que la realidad no es algo fijo ahí fuera, sino que la co-creamos con nuestra conciencia. Y si eso es así, entonces cambiar nuestra forma de mirarnos puede cambiar nuestra vida entera.
La meditación autoalusiva era una de sus propuestas. Algo así como un entrenamiento para aprender a apreciarse sin soberbia, a reconocerse sin falsa modestia.
Lo que aprendí sobre la autocrítica
Antes de empezar a practicar, no era consciente de lo dañina que era mi forma de hablarme. Si cometía un error, me llamaba estúpido. Si alguien me criticaba, asumía que tenía razón. Si lograba algo, lo atribuía a la suerte. Mi diálogo interno era una cascada de descalificaciones.
No sabía que eso se podía cambiar. Pensaba que era mi personalidad, mi forma de ser. Pero Grinberg decía algo que me hizo pensar: «La autocrítica excesiva no es humildad, es una forma de violencia contra uno mismo».
Esa frase me golpeó. Porque era verdad. Me estaba haciendo daño a propósito, y encima lo llamaba virtud.
Los primeros pasos en la práctica
Empecé a probar la meditación autoalusiva un domingo por la mañana, sin expectativas, solo por curiosidad. Me senté en el suelo, apoyé la espalda en el sofá, cerré los ojos y respiré. Nada especial.
Lo primero que me pidió la práctica fue que simplemente observara mi respiración. El aire que entra, el aire que sale. Sin cambiarlo, sin juzgarlo. Parece fácil, pero mi cabeza no paraba. Listas de la compra, preocupaciones, recuerdos. Una locura.
Pero seguí.
Luego, un escaneo corporal. Desde la cabeza hasta los pies, notando sensaciones. Frío en la nariz, calor en las manos, un cosquilleo en la espalda. Sin juzgar, solo notar. Eso era más fácil, porque el cuerpo no miente. Si duele, duele. Si no duele, no duele.
Después, observar los pensamientos. Verlos pasar como nubes, sin engancharme. Eso fue más difícil. Mi mente es experta en secuestrar la atención. Pero con paciencia, aprendí a dejar pasar.
Las emociones fueron el siguiente escalón. Identificar qué sentía sin dejarme arrastrar. La tristeza, la rabia, el miedo. Observarlas como si fuera un científico curioso, no un juez.
El momento clave: la mismidad
La parte más extraña de la práctica fue lo que llamaban «observación de la mismidad». Se trataba de sentirte a ti mismo como una unidad. No tus pensamientos, no tus emociones, no tu cuerpo. Sino esa sensación de «yo» que está detrás de todo.
Al principio no entendía nada. Me parecía un concepto abstracto, de esos que suenan bonitos pero no llevan a ningún lado. Pero un día, después de varias semanas practicando, algo hizo clic.
Estaba sentado, observando todo a la vez: la respiración, las sensaciones, los pensamientos que venían y se iban, una leve tristeza que no sabía de dónde salía. Y de repente, noté que detrás de todo eso había algo que no cambiaba. Una presencia tranquila, estable, que simplemente estaba ahí.
Esa presencia era yo. No mi historia, no mis logros, no mis fracasos. Solo yo.
Y por primera vez, en lugar de juzgarme, sentí algo parecido a la admiración. No soberbia, no vanidad. Una admiración silenciosa por esa cosa que es estar vivo, consciente, presente.
Lo que cambió después
No fue un cambio radical de la noche a la mañana. Pero con el tiempo, algo se fue moviendo.
Empecé a hablarme mejor. Cuando cometía un error, en lugar de decir «qué idiota soy», aprendí a decir «vaya, esto no ha salido, ¿Qué puedo aprender?«. La diferencia parece pequeña, pero lo es todo.
También noté que dejé de buscar aprobación fuera. Antes necesitaba que me dijeran que lo hacía bien. Ahora, cuando alguien me critica, lo escucho, lo valoro, y decido si me sirve o no. Pero ya no se me viene abajo el castillo.
Y lo más curioso: empecé a ser más creativo, más fluido. Como si al soltar la presión interna, la energía que antes gastaba en juzgarme ahora la usara para hacer cosas.
Lo que Grinberg me enseñó sin conocerme
Jacobo Grinberg desapareció en los años noventa, en circunstancias que nunca se aclararon. Pero su obra quedó. Y lo que me enseñó, aunque él nunca lo supo, es que la realidad es más maleable de lo que creemos.
No me refiero a realidades mágicas ni a poderes extraordinarios. Me refiero a algo más sencillo y más profundo: la forma en que te miras a ti mismo moldea la forma en que vives. Si te tratas como un enemigo, tu vida será una batalla. Si aprendes a tratarte con respeto, con admiración incluso, tu vida se vuelve más ligera.
No es egoísmo. Es supervivencia emocional.
Lo que hago ahora
Hoy, la meditación autoalusiva es parte de mi rutina. No todos los días, pero sí la mayoría. Me siento unos minutos, respiro, observo, y sobre todo, me recuerdo a mí mismo que está bien estar aquí, que no necesito ser perfecto para merecer mi propio aprecio.
No he eliminado la autocrítica del todo. Sigue ahí, de vez en cuando. Pero ya no es la voz que manda. Es solo una voz más, y yo he aprendido a no hacerle caso.
Si te pasa como a mí, si te tratas mal sin saber por qué, si tu cabeza es un lugar hostil, igual te merece la pena probar. No necesitas creer en nada raro. Solo sentarte, respirar, y empezar a mirarte con otros ojos.
Porque la admiración, la verdadera, empieza en casa. Y si no aprendes a admirarte a ti mismo, siempre andarás mendigando la aprobación de los demás. Y eso, créeme, es una vida muy cansada.
*Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información
gracias por vuestro aporte
Gracias!!! ha sido de gran ayuda y muy enriquecedor todo lo que he leído .Hay meditaciónes autoalusivas grabadas ?
Claro 😊 sí, existen meditaciones autoalusivas grabadas basadas en las enseñanzas de Jacobo Grinberg, centradas en la atención, la percepción y la conexión con el “campo” o la conciencia; suelen trabajar el silencio interno, la observación sin juicio y la repetición suave de frases que ayudan a reconfigurar la experiencia interna, más que afirmaciones positivas clásicas, y puedes encontrarlas buscando “meditación autoalusiva Jacobo Grinberg” en YouTube o en audios compartidos en Spotify; lo importante es practicarlas con constancia, en un estado de calma y apertura, permitiendo que la atención se expanda sin forzar, ya que en este enfoque el cambio no viene de repetir palabras sin más, sino de la calidad de la conciencia con la que te observas y te percibes.
Me encantó la sencillez conque explicas la idea de Grimber
Leí con entusiasmo y me sentí cómoda en mirar esta teoría que no alcanzaba a comprender esta genial tu aporte mil gracias
Information