Persona meditando en la naturaleza practicando meditación Vipassana, inspirada en la visión de conciencia de Jacobo Grinberg. Persona meditando en la naturaleza practicando meditación Vipassana, inspirada en la visión de conciencia de Jacobo Grinberg.

Jacobo Grinberg y la meditación Vipassana: La clave para expandir la conciencia

Hay personas cuya vida es una pregunta abierta. Jacobo Grinberg-Zylberbaum fue una de ellas. Neurofisiólogo, psicólogo, chamán urbano, escritor prolífico, desaparecido en 1994 sin dejar rastro. Pero antes de convertirse en misterio, fue un hombre que dedicó tres décadas a una indagación tan simple como vertiginosa: ¿Quién es el que mira cuando miro?

He pasado las últimas semanas leyendo sus libros, sus cuadernos, las transcripciones de sus conferencias. No buscaba respuestas sobre su desaparición. Buscaba entender qué diablos quería decir con eso de la «meditación autoalusiva«. Y lo que encontré no fue una técnica, sino una forma de mirarse mirando.

I. La herencia no reconocida

Lo primero que hay que decir es que Grinberg no inventó nada.

Esta afirmación, que podría sonar a descalificación, es en realidad la puerta de entrada a su pensamiento. Grinberg fue un sintetizador, un traductor. Lo que hizo fue tomar la tradición milenaria del Vipassana —esa práctica budista de observar sin juzgar la respiración, las sensaciones, los pensamientos— y preguntarse: ¿y si el verdadero objeto de observación fuera el observador mismo?

El Buda enseñó a mirar la llama. Grinberg propuso mirar la mano que sostiene la vela.

Esto no es una mejora ni una corrección. Es un desplazamiento. En Vipassana, uno aprende a ver la impermanencia de las sensaciones: cómo nace una comezón, se intensifica, se desvanece. En la propuesta de Grinberg, uno aprende a ver la impermanencia del que siente la comezón. No como concepto filosófico, sino como experiencia directa.

Y aquí reside su primera gran incomodidad: ¿Cómo se observa al observador? ¿No es como intentar morderse los propios dientes?

II. La práctica de lo imposible

Grinberg fue un experimentalista. No le bastaba con especular. Durante años dirigió sesiones de meditación en su pequeño laboratorio de la calle Zamora, en la colonia Condesa. Tengo frente a mí las notas de una de esas sesiones, fechada en 1987. Dice así:

«Instrucción inicial: Siéntense con la espalda recta. Cierren los ojos. Observen su respiración durante cinco minutos. No intenten modificarla, solo obsérvenla. Luego, lentamente, desplacen la atención de la respiración hacia el acto mismo de observar. ¿Quién respira? ¿Quién nota que respira? No respondan con conceptos. Permanezcan en la pregunta.»

Lo interesante es lo que sucedía después. Según los testimonios de sus alumnos, la mayoría se quedaba atascada en el intento. La mente conceptual quiere inmediatamente fabricar un «observador interno«, un homúnculo que mira desde detrás de los ojos. Pero Grinberg insistía: eso no es observación, eso es imaginación.

La observación autoalusiva no consiste en construir un sujeto, sino en disolverlo. En darse cuenta, de golpe, de que no hay nadie mirando. Solo mirada.

III. La experiencia unificada

Aquí conviene detenerse un momento.

Cuando uno medita siguiendo el método Vipassana clásico, la experiencia suele fragmentarse: ahora siento el pie, ahora escucho un auto, ahora me distraigo con un recuerdo. El ejercicio consiste en notar cada fragmento y volver al ancla de la respiración.

Grinberg no negaba la utilidad de este entrenamiento. De hecho, lo consideraba indispensable. Pero para él era apenas el prólogo. La meditación verdaderamente transformadora comenzaba cuando el practicante dejaba de saltar de un objeto a otro y percibía el campo completo de la experiencia como una sola cosa.

¿Cómo es eso? Imaginemos una taza de café caliente. Vipassana clásica: noto el calor en las manos, noto el aroma, noto el deseo de beber, noto el juicio («está muy caliente»), noto la impaciencia. Grinberg: noto todo eso y además noto que soy yo quien lo nota. Y en esa doble notación, algo se funde. El calor, la taza, la mano y el que mira la mano son hebras del mismo tejido.

No es que desaparezca la distinción entre sujeto y objeto. Es que esa distinción deja de ser un problema y se convierte en un juego de la conciencia consigo misma.

IV. El espejo roto

Quienes practicaron estos conceptos de Grinberg describen momentos de intensa lucidez. No éxtasis, no visiones, no luces blancas. Lucidez. Como si de pronto entendieran algo que siempre habían sabido pero nunca habían podido formular.

Laura, escribió en su diario:

«Hoy, mientras caminaba hacia el metro, me sorprendí observando mis propios pasos. No mis pies, sino la conciencia que registraba mis pies. Y entonces, sin transición, comprendí que esa conciencia no era mía. No era ‘mi’ conciencia. Era solo conciencia. Y yo era ella. Pero tampoco había ‘yo’. Fue una confusión maravillosa.»

Esta confusión maravillosa es el corazón de la propuesta grinbergiana. La meditación autoalusiva no busca alcanzar estados especiales, sino revelar la naturaleza ya especial del estado ordinario. No añade nada. Quita. Despeja. Como limpiar el polvo de un espejo para descubrir que el reflejo y el reflejado son la misma cosa.

V. La ciencia que no fue

Grinberg intentó llevar estas experiencias al laboratorio. Diseñó experimentos con electroencefalogramas, midió la sincronización de ondas cerebrales entre meditadores, propuso la existencia de un «campo neuronal» que explicaría la comunicación directa entre conciencias. La comunidad académica lo miró con recelo. Demasiado chamán para los científicos, demasiado científico para los chamanes.

Hoy, treinta años después, algunas de sus intuiciones resuenan con las investigaciones en neurociencia de la meditación. La sincronía gamma, las redes neuronales por defecto, los estudios sobre la experiencia del yo mínimo. Pero en los ochenta y noventa, Grinberg era un hombre solo.

Quizá por eso la meditación autoalusiva nunca se convirtió en un método formal, con pasos definidos, certificaciones, instructores acreditados. Quedó dispersa en sus libros, en las grabaciones de sus talleres, en la memoria de quienes lo conocieron. Una tradición oral de un hombre que escribió cincuenta libros.

VI. El desaparecido

En diciembre de 1994, Jacobo Grinberg salió de su casa y no regresó. Su esposa, Teresa, denunció la desaparición. Nunca se encontró el cuerpo. Las hipótesis han sido muchas: crimen pasional, operación de inteligencia, fuga voluntaria. Sus amigos más cercanos dicen que en los meses previos había recibido amenazas. También dicen que hablaba con frecuencia de «desaparecer», pero en sentido metafórico: disolverse en la conciencia que investigaba.

Nadie sabe qué pasó.

Pero quienes lo conocieron señalan algo curioso: cuando meditaban con él, a veces tenían la impresión de que no estaba allí. No en el sentido de distraído o ausente. Al contrario. Su presencia era tan plena que se volvía transparente. Como si el hombre se hubiera retirado para dejar paso a algo más grande que lo contenía.

VII. Lo que queda

Hoy, cuando alguien busca en internet «meditación autoalusiva», encuentra fragmentos dispersos. Artículos académicos, tesis de psicología, algún video subido por un entusiasta. No existe una escuela, no hay linaje, no hay método certificado. Solo libros descatalogados y el testimonio de quienes practican a su manera, reconstruyendo las instrucciones como quien arma un rompecabezas sin la imagen de referencia.

Y sin embargo, la práctica sobrevive.

Sobrevive en personas que nunca leyeron a Grinberg pero que, al sentarse a meditar, descubren que la verdadera pregunta no es «¿qué observo?» sino «¿quién observa?». En los retiros de Vipassana donde algún instructor, casi de pasada, sugiere: «ahora, por un momento, observa al observador». En cada meditador que, en el silencio de su cuarto, se topa con ese vértigo de mirarse mirando y comprende que no hay fondo, no hay sujeto último, solo mirada.

Grinberg no inventó nada. Solo nombró algo que siempre estuvo allí, esperando ser visto.

VIII. ¿La ciencia respalda todo esto?

La meditación Vipassana ha sido objeto de múltiples investigaciones que respaldan sus efectos positivos tanto en el bienestar mental como en la función cognitiva. Una revisión sistemática reciente destaca que la práctica regular de Vipassana puede contribuir a la reducción del estrés, la regulación emocional y mejoras generales en la salud psicológica. Estudios neurofisiológicos incluso han observado patrones de actividad cerebral asociados con mejor control cognitivo en meditadores experimentados, sugiriendo una potenciación de funciones ejecutivas y de atención. Además, recopilaciones de investigación empírica sobre practicantes muestran que los meditadores de Vipassana tienden a experimentar niveles más bajos de angustia emocional y mayor bienestar subjetivo, mientras que otros trabajos amplían estos beneficios a parámetros físicos como la presión arterial y la percepción del dolor. En conjunto, estas evidencias ofrecen un respaldo científico creciente a la eficacia de Vipassana tanto en aspectos psicológicos como fisiológicos, confirmando su utilidad más allá de la dimensión espiritual tradicional.

IX. Una invitación

No sé si la meditación autoalusiva sea útil. No sé si expande la conciencia, reduce el estrés o mejora la concentración. Sospecho que a Grinberg le habrían parecido preguntas menores.

Pero sí sé algo: cuando uno practica —aunque sea por un instante, aunque sea torpemente— esa observación del observador, algo se descoloca. Las certezas sobre quién es uno, dónde termina el yo y empieza el mundo, se vuelven porosas. No desaparecen, pero dejan de ser sólidas.

Y en esa porosidad, uno respira distinto.

Quizá por eso Grinberg pudo desaparecer. Quizá llevaba años practicando la disolución. Y, cuando finalmente se fue, no había nadie que pudiera quedarse.

O quizá esté todavía aquí, en estas palabras, en la mano que escribe y el ojo que lee. No como recuerdo, no como fantasma. Sino como esa conciencia anónima que mira cuando creemos que miramos solos.

Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

  1. Todo es muy interesante si me gustaría probar mientras sea compartido sin lucro porque la información pienso yo que siempre debe ser compartida hacia todo el mundo.

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