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Patas de pollo: el remedio natural rico en colágeno que mejoró mis articulaciones y mi piel

Te voy a contar una historia que empezó con escepticismo y terminó conmigo recomendando a todo el mundo lo que antes miraba con cara rara.

Fue hace un par de años. Mi rodilla izquierda empezó a quejarse. Nada grave, pero una molestia constante al bajar escaleras, un crujido al ponerme en cuclillas, esa sensación de que algo no estaba bien lubricado. El médico me dijo que empezaba una artritis leve, que no había mucho que hacer, que tomara antiinflamatorios cuando doliera.

Yo, que no soy muy de pastillas, empecé a buscar alternativas. Y en esa búsqueda, alguien mayor, de esos que todavía recuerdan los remedios de antes, me soltó: «Prueba las patas de pollo. Un caldo bien hecho, con sus patitas, y verás cómo te cambia la cosa».

Puse cara de asco, lo admito. Patas de pollo. Esas cosas que siempre veía en el mercado y apartaba la mirada. Pero el dolor era más fuerte que mis prejuicios. Y un domingo, con paciencia y olla, me lancé a prepararlas.

El caldo que se convirtió en rutina

La primera vez fue un experimento. Las limpié bien, las escaldé, las puse a cocer a fuego lento con cebolla, zanahoria, apio y unas hierbas. Pasaron horas. La casa se llenó de un olor que no sabría describir, pero que no era desagradable. Al día siguiente, la olla estaba llena de una gelatina espesa, temblorosa. Eso era el colágeno, me dijeron después.

Empecé a tomar un cucharón cada mañana. Al principio, el sabor me resultaba extraño, pero pronto se convirtió en costumbre. Y algo empezó a cambiar.

Al cabo de unas semanas, el crujido de la rodilla era menos frecuente. La molestia al bajar escaleras, casi desaparecida. No fue milagroso, no se fue del todo, pero mejoró lo suficiente como para que yo notara la diferencia.

Lo que fui descubriendo

Cuando empecé a investigar, entendí por qué funcionaba. Las patas de pollo son básicamente piel, tendones y cartílago. Todo eso está hecho de colágeno. Y el colágeno es la materia prima que el cuerpo necesita para reparar sus propias articulaciones.

No es que el colágeno que comes vaya directo a tu rodilla. No funciona así. Lo que haces es darle a tu cuerpo los aminoácidos que necesita para fabricar su propio colágeno. Y si eso lo haces de forma constante, el cuerpo lo agradece.

Pero había más. Leí que esos caldos también ayudan a regular la presión arterial. Algo que me vino bien porque la mía estaba en el límite. Algunos estudios hablaban de péptidos bioactivos que mejoran la elasticidad de los vasos sanguíneos. No sé si fue eso, pero meses después, en la revisión, la tensión había bajado.

¿Qué dice la ciencia sobre esto?

El interés por el caldo de patas de pollo no es solo una cuestión de tradición popular, sino que también tiene cierto respaldo científico. Según Harvard Health Publishing, el colágeno aporta aminoácidos esenciales como la glicina y la prolina, fundamentales para el mantenimiento de tejidos como las articulaciones y la piel, aunque el cuerpo los descompone antes de utilizarlos. Por su parte, la Cleveland Clinic señala que el caldo de huesos contiene minerales y compuestos beneficiosos, aunque la evidencia aún es limitada.

Lo que noté sin esperarlo

El cambio más evidente, para mi sorpresa, no fue en la rodilla. Fue en la piel. Yo tengo la piel seca, sobre todo en invierno, y eso que uso cremas. Pues después de un par de meses tomando el caldo, la piel empezó a verse más hidratada, más tersa. Mi mujer me lo dijo antes de que yo lo notara: «tienes mejor cara».

También las uñas. Las tenía frágiles, se me rompían con nada. Empezaron a crecer más fuertes, más duras. Y el pelo, que se me caía más de lo que me gustaba, parecía haberse tranquilizado.

Fui a preguntarle a mi médico de cabecera, a ver si era cosa mía o tenía base científica. Me explicó que el colágeno, el zinc, el magnesio y el calcio que tienen las patas de pollo son nutrientes básicos para la piel, las uñas y el pelo. No era imaginación mía.

Lo del peso fue un extra

Otro efecto que no busqué pero llegó fue la saciedad. El caldo, por la gelatina que tiene, llena. Yo lo tomaba por la mañana y llegaba a la hora de comer sin ese hambre voraz que me daba antes. Sin hacer dieta, sin proponérmelo, perdí un par de kilos en unos meses.

Cómo lo preparo ahora

No es complicado, pero requiere paciencia. Te cuento lo que hago:

  • Limpio bien las patas. Las escaldo cinco minutos en agua hirviendo, tiro esa agua y empiezo de nuevo. Así me quedo tranquilo con la limpieza.
  • Las pongo en una olla grande con cebolla, zanahoria, apio, una hoja de laurel y unos granos de pimienta.
  • Cubro con agua fría y llevo a fuego lento. Nada de hervores fuertes. Un burbujeo suave, durante al menos seis horas. Cuanto más tiempo, mejor.
  • Cuela, deja enfriar, y al día siguiente tendrás una gelatina firme. Esa es la señal de que salió bien.
  • Caliento un cucharón cada mañana. A veces lo tomo solo, a veces con un poco de limón o una pizca de cúrcuma.

Lo que no me esperaba al contarlo

Cuando empecé a hablar de esto, la gente me miraba raro. «¿Patas de pollo? Eso es comida de pobre», me decían. Pero luego, cuando veían que seguía tomándolo, que me notaban mejor, que las molestias habían disminuido, algunos se animaron a probar.

Mi cuñado, que tiene artrosis en las manos, lleva tres meses tomando el caldo y dice que puede cerrar el puño sin dolor. Mi madre, que tenía la tensión alta, la ha bajado unos puntos sin cambiar la medicación. No sé si será solo el caldo, pero ella lo atribuye a eso.

Una advertencia, por si acaso

No todo es perfecto. Las patas de pollo tienen grasa. Si no las limpias bien o si no desgrasas el caldo después de cocerlo, puede ser pesado. Yo lo dejo enfriar y la grasa sube a la superficie; la retiro con una cuchara y ya está.

Tampoco conviene abusar. Un cucharón al día está bien. Más no es mejor. Y si tienes problemas de ácido úrico, mejor consultar antes, porque los caldos de huesos pueden subirlo en algunas personas.

Lo que pienso ahora

Cuando miro atrás, me da un poco de risa la cara que puse la primera vez que me hablaron de las patas de pollo. Las tenía asociadas a la escasez, a otra época, a cosas que ya no se comen. Y resulta que son un tesoro nutricional.

Las he incorporado a mi vida. No solo por la rodilla, que sigue mejor, sino por todo lo demás. Me siento mejor, con más energía, con menos molestias. Y encima, me tomo algo calentito por las mañanas que me sienta bien.

Si te duele alguna articulación, si tienes la piel seca, las uñas frágiles o la tensión un poco alta, igual te merece la pena probar. No esperes milagros de un día para otro. Pero con constancia, las patas de pollo pueden ser ese remedio sencillo, barato y efectivo que nunca pensaste que necesitabas.

Y quién sabe. Igual dentro de unos meses tú también eres de los que recomienda el caldo de patas y la gente te mira raro. Pero tú sabrás que funciona.

Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información

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Jhon Jairo Roldán Gómez
Jhon Jairo Roldán Gómez
1 año hace

Excelente artículo

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