Te juro que cuando me senté en aquella silla no esperaba nada. Bueno, igual un poco de mareo por las luces, o sueño por estar media hora mirando una pantalla. Pero lo que pasó después… todavía le doy vueltas. Pero empecemos por el principio.
El mexicano que se atrevió a preguntar
Resulta que en los ochenta y noventa había un tipo en México, Jacobo Grinberg, que era neurofisiólogo. De los serios, de los que saben de verdad cómo funciona el cerebro. Pero Jacobo tenía una inquietud: todo el mundo estudiaba el cerebro como si fuera un ordenador solitario, y a él le parecía que nos faltaba algo.
Porque tú mira a tu alrededor. Cuando estás con alguien que te cae bien, ¿no notas a veces como que os entendéis sin hablar? ¿O piensas en alguien y de repente te llama? Todos hemos tenido esas cosas. Pero claro, son cosas de las que no hablas porque quedas como un loco.
Pues Jacobo decidió hablar de ellas. Y estudiarlas. Y montar experimentos. O sea, fliparse pero con ciencia.
La idea loca (o no tan loca)
Él decía que el cerebro no está aislado. Que todos estamos inmersos en algo más grande, como si el espacio que nos rodea no estuviera vacío sino lleno de… pues llamémosle «algo». Él lo llamó campo neuronal. Una especie de red invisible que conecta todo.
Y la conciencia, según él, no está solo dentro de nuestra cabeza, sino que es la interacción entre nuestro cerebro y ese campo. Como si fuéramos antenas que reciben y emiten.
Suena raro, ¿verdad? Pues espera a lo que viene.
El experimento que me partió la cabeza
Un día, leyendo sobre él, me topé con un experimento que hizo. Y pensé: «Esto tengo que probarlo yo mismo». Bueno, no el experimento serio, porque yo no tengo un laboratorio ni electrodos ni nada, pero sí una versión casera con un amigo.
El experimento original era más o menos así:
Primero, juntaban a dos personas que tuvieran confianza. Las ponían a hablar, a pasar tiempo juntas, a crear ese vínculo que se crea cuando realmente conectas con alguien. Porque Grinberg decía que eso era clave: no valen dos desconocidos, tiene que haber feeling.
Luego, separaban a las personas en habitaciones diferentes. Habitaciones aisladas, sin que pudieran verse ni oírse. Nada de comunicación posible.
Y entonces empezaba lo bueno.
A uno de ellos (el «emisor») le ponían a hacer cosas. Le mostraban imágenes, le hacían escuchar sonidos. Todo mientras le medían la actividad cerebral con un electroencefalograma.
Al otro (el «receptor») simplemente le medían el cerebro. Sin hacer nada especial. Sin estímulos.
Y aquí viene lo que flipó a todo el mundo: a veces, el cerebro del receptor se encendía en los mismos momentos que el del emisor. Como si estuviera viendo lo mismo sin verlo. Como si estuviera escuchando lo mismo sin oírlo. Eso lo llamaron «potencial transferido».
¿Qué dice la ciencia sobre esto?
Mi versión casera
Cuando leí esto, llamé a mi amigo Pablo. Pablo y yo nos conocemos desde niños. Hemos pasado por todo juntos. Si alguien tiene feeling conmigo, es él.
Le expliqué la idea: «Vamos a hacer el experimento de Grinberg. Tú te sientas en una habitación, yo en otra. Yo voy a ver vídeos y tú no vas a hacer nada. Y luego comparamos».
Pablo es un poco escéptico con estas cosas, pero como soy yo quien le pedía el favor, accedió.
Yo me fui a mi cuarto. Él se quedó en el salón. Puertas cerradas. Música con cascos puestos para que no se oyera nada.
Yo empecé a ver vídeos. Uno de un partido de fútbol (gol, emoción). Otro de una escena triste de una peli. Otro de un paisaje relajante.
Al terminar, salí y le pregunté: «¿Qué, has notado algo raro?».
Y Pablo se quedó pensando y dijo: «Pues no sé si es una tontería, pero hubo un momento, hará como media hora, que me dio un subidón de energía sin motivo. Como si algo me hubiera emocionado. Pero estaba aquí solo, viendo la pared. Y luego, hace un rato, me entró una tristeza rara, también sin venir a cuento».
Media hora antes… era justo cuando yo vi el gol. Y lo de la tristeza coincidía con la escena de la peli.
¿Telepatía? ¿Casualidad? ¿Sugestión?
No lo sé. Pero desde entonces, cuando estoy con Pablo, a veces le digo: «Ahora piensa en un número» y él lo piensa y yo lo adivino. A veces acierto, a veces no. Pero es como si entre nosotros hubiera un hilo invisible que no existía antes de hacer ese experimento.
Lo que Grinberg se llevó a la «tumba»
Jacobo Grinberg desapareció en 1994. Sí, desaparecido, así, sin más. En el desierto. Nunca encontraron nada. Suena a película, lo sé.
Pero sus ideas se quedaron. Él no decía que hubiera demostrado la telepatía. Él decía: «Miren, aquí pasa algo que la neurociencia normal no explica. Sigamos mirando».
Y eso es lo que me gusta de su historia. No vino a vender humo, vino a preguntar. A abrir puertas.
Ahora, cuando voy en el metro y veo a la gente con el móvil, aislados, cada uno en su mundo, me acuerdo de Grinberg. Y pienso: ¿y si estamos todos conectados sin saberlo? ¿Y si ese campo neuronal existe y lo único que pasa es que hemos olvidado cómo sentirlo?
O igual no. Igual es solo una teoría loca de un mexicano que se perdió en el desierto. Pero luego recuerdo la cara de Pablo cuando le pregunté qué había sentido. Y cómo coincidió con lo que yo estaba viendo. Y entonces ya no sé qué pensar…
Solo sé que aquella noche, en dos habitaciones separadas, dos cerebros se encendieron al mismo tiempo. Y da igual cómo lo llames.
Este artículo es informativo y no sustituye la valoración de un profesional de la salud. Más información




la telepatía existe. yo lo viví en mi casa de niña. Mi papá era rosacruz. Llego al grado de gran maestro. Algún dia voy a contar esas historias , tengo miles
¿Tú también tienes dones?
me super intereesa. tengo coneccion co n mi seres queridos puedo sentir cuando están mala y me comunico enseguida y algo les esta pasando. y también sueño situaciones raras que despues tienen sentido
Se perco algo objeto consigo visualizar onde está